Alejandro: del “charquito” Bogotá al sueño olímpico
En Bogotá no hay mar. Tampoco grandes ríos navegables. Hay frío, tráfico y, en medio del concreto, un espejo de agua al que muchos llaman lago… y que Alejandro Rodríguez bautizó con cariño como “el charquito”. Ahí empezó todo.
Tenía 13 años cuando se subió por primera vez a una canoa en el Parque Simón Bolívar. Hoy, 16 años después, sigue remando. Pero ya no es el adolescente que se caía cada 10 segundos y tenía que ser rescatado por su hermano con una cuerda. Es campeón sudamericano, multimedallista bolivariano y uno de los nombres más sólidos del canotaje colombiano en el camino hacia los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028. La historia, como muchas, comenzó en casa.
Su hermano mayor practicaba canotaje gracias a un profesor de educación física del colegio. Alejandro lo miraba, escuchaba historias, recibía consejos. No era el deporte habitual en un colegio bogotano. Allí lo común era el microfútbol, el baloncesto, el voleibol. Pero él decidió probar algo distinto. Y subirse a una canoa no es sencillo.
“Es muy complejo”, admite. Ha hecho apuestas con amigos que aseguran poder mantenerse en equilibrio. Pocos duran más de diez segundos. Él tampoco duraba. Recuerda que se caía constantemente. Cuando por fin lograba alejarse un poco de la orilla, el miedo aparecía. Entonces su hermano amarraba la canoa con una cuerda. Si Alejandro se volcaba, lo jalaba de vuelta como quien rescata un bote a la deriva. Así, entre caídas y risas, nació una pasión.
De niño pasó fugazmente por el fútbol, pero cuando conoció el canotaje ya no miró hacia otro lado. “Creo que me enamoré”, dice con sencillez. El contacto con el agua, la serenidad, el silencio en medio del esfuerzo físico lo atraparon. Lo que comenzó como hobby terminó convirtiéndose en un proyecto de vida.
Durante años entrenó en el lago del Simón Bolívar. De ahí creció. De ahí aprendió. Hoy reconoce que para el alto rendimiento las condiciones son limitadas y debe entrenar fuera del país o en escenarios más exigentes, pero nunca reniega de su origen. “De ahí salí”, repite con orgullo. El talento apareció temprano.
A los 16 fue campeón nacional y clasificó a la Selección Colombia. Con 17 participó en sus primeros Juegos Suramericanos y obtuvo un séptimo lugar que, lejos de desmotivarlo, le confirmó que podía competir en el plano internacional. Tiempo después regresó a los Suramericanos y esta vez fue bicampeón.
Pero antes de los podios internacionales hubo una escena decisiva en Paipa, Boyacá. Su primera competencia oficial. Viajó solo en bus desde Bogotá; su mamá lo dejó en el Portal de la 170. El entrenador Leonardo Ortiz lo recibió, le dio la oportunidad de competir y Alejandro ganó dos medallas de oro en categoría infantil. Ahí entendió que lo suyo iba en serio.
En casa había una regla clara: primero el colegio, después el deporte. Su mamá era contundente: si le iba bien académicamente, podía seguir entrenando. Alejandro cumplió. Siempre fue disciplinado, de los mejores promedios. Vivía en Suba y junto a seis o siete compañeros iba en bicicleta hasta el Simón Bolívar, entrenaba y regresaba a estudiar.
La transición al alto rendimiento exigió más sacrificios. En grado once ya hacía parte de la Selección Colombia. Su colegio, el Delia Zapata Olivella (promoción 2013), lo apoyó de manera extraordinaria. Iba solo dos días a la semana, entregaba trabajos, presentaba evaluaciones y volvía a viajar. No tuvo excursión ni ceremonia de grado. Mientras sus compañeros recibían el diploma, él competía en México en un Campeonato Panamericano. Su mamá recogió el diploma y el colegio le rindió un homenaje. Era el orgullo de la institución.
Años después regresó, ya no como estudiante sino como formador. Volvió para contar su historia y demostrarles a los chicos que desde un colegio público de Bogotá también se puede soñar en grande.
En el plano deportivo, sus referentes fueron clave. A nivel mundial admira profundamente a Sebastian Brendel, campeón olímpico y múltiple campeón mundial, hoy entrenador del equipo nacional de Canadá. Su técnica, su gesto en el agua, lo marcaron. En Latinoamérica encontró inspiración en el brasileño Isaquias Queiroz, campeón olímpico, a quien enfrentó en competencia.
El punto más alto de su carrera hasta ahora tiene un nombre y una fecha: Asunción 2022. En los Juegos Suramericanos sabía que la prueba de 1.000 metros sería feroz. Isaquias estaba en la línea de partida. Alejandro salió fuerte, mantuvo su ritmo y esperó el ataque final del brasileño, famoso por rematar con potencia en los últimos metros. Lo esperó… y nunca llegó.
Alejandro sostuvo el paso, confió en su preparación y cruzó primero la meta. “Confía en el trabajo”, le repetía su entrenador portugués. “Acredita”. Cree. Ese día creyó. Al día siguiente, junto a Daniel Pacheco, volvió a ganar oro en los 500 metros. Fue una consagración.
La mente, reconoce, juega un papel determinante. En una final no solo compite el físico, también lo hacen los sacrificios, las madrugadas, las ausencias, la camiseta de Colombia. En esos momentos se aferra a la certeza del entrenamiento acumulado. La confianza no es arrogancia: es memoria del esfuerzo.
También llegaron más logros: dos oros en los Juegos Bolivarianos de Valledupar 2022 y tres en los de Lima 2025, que lo convirtieron en uno de los multimedallistas de la delegación colombiana. Ahora el horizonte es olímpico.
El sistema de clasificación cambió y se rige por ranking. Para sumar puntos es obligatorio competir en dos Copas del Mundo, un Campeonato Panamericano y un Mundial. Actualmente ocupa la posición 12 en el ranking del C2, donde solo hay nueve cupos olímpicos. El ranking cierra en 2027, con competencias acumulativas en 2026 y 2027, y una última opción continental en 2028.
El objetivo es claro: clasificar en la dupla, donde están más cerca. Eso implica entrenar de manera grupal, competir en el ciclo olímpico —Juegos Suramericanos y Centroamericanos— y, sobre todo, estar presentes en cada evento que otorgue puntos. No hay margen para ausencias.
Alejandro ya no es el niño que se aferraba a una cuerda para no perderse en el agua. Hoy rema con convicción, con método, con planificación estratégica. Sigue encontrando en la canoa esa mezcla de serenidad y fuerza que lo enamoró a los 13 años.
En una ciudad sin mar, aprendió que no se necesitan océanos para soñar en grande. A veces basta un “charquito”… y la decisión firme de remar más lejos que todos.
Por Filiberto Rojas Ferro
Coordinador de comunicaciones
Comité Olímpico Colombiano
